martes, 03 de junio de 2008
A hurtadillas.
Así como sucede con el rojo, con el sombrero negro más que generar pensamiento negativo lo vamos a limitar, pues se le dará su momento y no dejaremos, como en el caso de las emociones, que se desborde la negatividad sin ser conscientes de ello. Si tenemos una actitud hacia el sombrero negro, debemos basar toda nuestra experiencia pasada en la explicación objetiva de esta negatividad, por eso es negativo objetivo. Con el sombrero negro podemos decir “ No creo que la rebaja de precios vaya a funcionar porque por nuestras experiencias anteriores.........”. Es decir negativo objetivo, en donde se le da una real dimensión a la parte de crítica. Como dijimos ,es fácil ser negativo porque a una idea es fácil encontrarle lo que no funciona (esto puede ser una pequeña parte), ¿será tan fácil ser positivo? La fórmula implícita en toda religión y moral reza “¡Haz esto y aquello, no hagas esto ni aquello; así alcanzarás la felicidad! De lo contrario...” Toda moral, toda religión, es este imperativo, al que yo llamo gran pecado original de la razón, inmortal sinrazón. En boca mía, esa fórmula se convierte en su inversión, primer ejemplo de mi “transmutación de todos los valores”: el hombre armonioso, el “afortunado”, no puede meteos que cometer determinados actos e instintivamente rehúye otros; introduce el orden que fisiológicamente encarna en sus relaciones con los hombres y las cosas. He aquí la fórmula correspondiente: su virtud es el efecto de su felicidad... La vida larga y la prole numerosa no son el premio de la virtud, sino que la virtud es ese retardo del metabolismo que, entre otras cosas, determina también una vida larga y una prole numerosa, en una palabra, el cornarismo. La Iglesia y la moral dicen: “el vicio y el lujo arruinan a los linajes y a los pueblos”. Mi razón restaurada dice: “cuando un pueblo se arruina, cae en la degeneración fisiológica y se originan el vicio y el lujo (esto es, la necesidad de estímulos cada vez más fuertes y más frecuentes, como la conoce todo ser agotado). El joven se debilita prematuramente. Sus amigos afirman que la culpa la tiene tal enfermedad. Yo afirmo que el hecho de que ese joven haya enfermado, no haya resistido a la enfermedad, es la consecuencia de una vida empobrecida, de un agotamiento congénito. El lector de diarios dice que tal partido labra su propia ruina por tal error. Mi política superior, en cambio, dice que un partido que comete tal error está arruinado; que ha perdido la seguridad de sus instintos. Todo error, en todo sentido, es la consecuencia de degeneración de los instintos, de disgregación de la voluntad; lo malo queda así indefinido. Todo lo bueno es instinto y, por ende, fácil, necesario, libre. El esfuerzo es una objeción, el dios es típicamente distinto del héroe (dicho en mi propio lenguaje: los pies alados son el atributo primordial de la divinidad). Explicación sicológica de lo antedicho.-Reducir algo desconocido a algo conocido alivia, reconforta, satisface y proporciona una sensación de poder. Lo desconocido involucra peligro, inquietud y zozobra; aplícase el instinto primordialmente a eliminar estos estados penosos. Primer principio: cualquier explicación es preferible a ninguna explicación. Como en definitiva se trata tan sólo de un afán de librarse de representaciones penosas, se echa mano de cualquier medio que se ofrece con tal de quitárselas de encima, sin discriminar mayormente; cualquier representación mental en virtud de la cual lo desconocido se dé por conocido resulta tan reconfortante que se la “cree cierta”. Es la prueba del placer (“de la fuerza&rdquo
como criterio de la verdad. El impulso causal está, pues, determinado y excitado por el temor. El “¿por qué?” debe dar en lo posible no la causa por la causa misma, sino determinado tipo de causa: una causa que tranquilice, redima, alivie. El que algo ya conocido, experimentado, grabado en la memoria, sea establecido como causa es la primera consecuencia de esta necesidad íntimamente sentida. Lo nuevo, no experimentado, extraño, queda excluido como causa. De modo que se busca como causa no un tipo de explicaciones, sino un tipo escogido y preferido de explicaciones, aquel que con más rapidez y frecuencia haya eliminado la sensación de lo extraño, nuevo, jamás experimentado las explicaciones más corrientes. Como consecuencia de esto, un determinado tipo de motivación causal prevalece cada vez más, se reduce a sistema y llega al fin a dominar, con exclusión de otras causas y explicaciones. El banquero piensa en seguida en el “negocio”, el cristiano en el “pecado” y la muchacha en su amor. Ya no nos apreciamos lo suficiente si nos comunicamos. Nuestras experiencias propiamente dichas no son en modo alguno locuaces. Ni siquiera podrían comunicarse, pues les faltan las palabras. Lo que sabemos expresar en palabras, ya lo hemos dejado atrás. En todo hablar hay algo de desprecio. Parece que el lenguaje está inventado únicamente para lo ordinario, lo medio, lo comunicable. Con el lenguaje se vulgariza el que habla. (De una moral para sordomudos y otros filósofos.) “¡Es encantadora esta imagen!”... La historia, insatisfecha, excitada, desolada en el corazón y las entrañas, pendiente en todo momento, con una curiosidad dolorosa, del imperativo que desde las profundidades de su organismo susurra “aut liberi aut libri”; la literata, lo suficientemente culta para entender la voz de la Naturaleza, incluso cuando habla en latín, y, por otra parte, lo suficientemente vanidosa y estúpida para decir aun en francés para sus adentros “je me verrai, je me lirai, je m'extasierai et je dirai: Possible, que j'aie eu tant d'esprit?” Hablan los “impersonales”. “Nada nos es tan fácil como ser sabios, pacientes, superiores y serenos. Chorreamos aceite de indulgencia y simpatía; somos de una manera absurda justos; perdonamos todo. Por eso mismo debiéramos desarrollar en nosotros de tanto en tanto un pequeño afecto, un pequeño vicio de afecto. Tal vez nos cueste; tal vez nos riamos, entre nosotros, de la figura que encarnamos. Pero no tenemos más remedio. No nos queda ya ninguna otra forma de autodisciplina; tal es nuestro ascetismo, nuestra penitencia”... Volverse personal, he aquí la virtud del “impersonal”...De un examen de doctorado. “¿Cuál es la tarea de toda enseñanza superior?” Hacer del hombre una máquina. “¿Cómo se consigue esto?” El hombre debe aprender a aburrirse. “¿Cómo se consigue esto?” Mediante la noción del deber. “¿Quién es su mrdelo en esta ocasión?” El filólogo, que enseña a trabajar como un burro. “¿Quién es el hombre perfecto?” El empleado del Estado. “¿Qué filosofía ofrece la fórmula suprema para el empleado del Estado?” La de Kant el empleado del Estado como cosa en sí, proclamado juez del empleado del Estado como apariencia. El derecho a la estupidez. El trabajador cansado de lento respirar y aire bonachón que , deja correr las cosas; esta figura típica que uno encuentra ahora, en esta época del trabajo (¡y del Reich!) en todas las capas de la sociedad, reivindica hoy día precisamente el arte, incluido el libro, en particular el diario; júzguese en cuánto mayor grado la bella Naturaleza reivindica a Italia... El hombre del atardecer, con los “impulsos fieros expirados”, de que habla Fausto, tiene necesidad del lugar de veraneo, de la playa de mar, de los ventisqueros, de Bayreuth... En tiempos así, el arte tiene derecho a la locura pura, como una especie de vacaciones para el espíritu, el ingenio y el ánimo. Así lo entendió Wagner. La locura pura repone...Habla el inmoralista. Nada repugna tanto al filósofo como el hombre que desea... Cuando ve al hombre exclusivamente en sus actos; cuando ve a este animal más valiente, astuto y denodado extraviado hasta en trances laberínticos, ¡cuán admirable se le aparece el hombre! Y aun lo alienta... Desprecia el filósofo, en cambio, al hombre que desea, también al hombre “deseable”, y en un plano general, todas las deseabilidades, todos los ideales humanos. Si el filósofo pudiese ser nihilista lo sería, pues detrás de todos los ideales del hombre encuentra la nada. O ni siquiera la nada, sino lo ruin, lo absurdo, lo enfermo, lo cobarde, lo cansado, toda clase de heces de la copa vaciada de su vida... El hombre, que en tanta realidad es siempre vulnerable, ¿cómo es que no merece respeto en cuanto desea? ¿Será que tiene que pagar por la capacidad que lo distingue como realidad?, ¿que tiene que compensar su actividad, la tensión mental y el esfuerzo de voluntad en toda actividad, por una relajación en lo imaginario y lo absurdo? No puedes imaginarte como te hecho de menos... Aquí no tengo a nadie a quien confiar el lado bueno y el malo de mi vida, y esto es para mí una sensación nueva. Por si fuera poco, tampoco simpatizo con ninguno de mis colegas... Acabo de obtener el doctorado, y este hecho supones para mí la confesión más vergonzosa de ignorancia. La profesión de filólogo cada vez se aleja más de cualquier aspiración crítica, fuera de los horizontes del helenismo. Dudo incluso si devendré algún día un auténtico filólogo. Si la casualidad no me ayuda, no lo lograré de ninguna forma. El motivo es que, por desgracia, carezco de modelos, y me veo a mí mismo acercándome a pasos agigantados al abismo de la pedantería... ¡Que no daría yo por vivir juntos los dos!... He dado una conferencia sobre Sócrates y la tragedia que ha provocado un gran revuelo, amén de interpretaciones equivocadas, pero me ha servido para estrechar aún más si cabe los lazos con mis amigos de Tribschen. Espero que mi suerte cambie: hasta Richard Wagner me ha sugerido de la forma más enternecedora el destino que considera más apropiado para mí... Ciencia, arte y filosofía forman un amasijo tan informe en mi interior que puede que algún día engendre monstruos. Convendremos, en qué sentido precisamente ese fenómeno de nuestra vida moderna, y para hablar con propiedad, de la Europa cristiana y su Estado, ante todo la “civilización” romana ahora predomínate en todas partes, descubren la enorme tara que afecta a nuestro mundo: todos nosotros, con todo nuestro pasado, somos culpables, de semejante terror manifestado a la luz del día: de modo que, desde lo alto del sentimiento por nosotros mismos, deberíamos estar muy lejos de querer imputar el crimen de un combate contra la cultura a estos desdichados. Sé lo que quiere decir esto: el combate contra la cultura. La noticia del incendio parisino [se refiere a los episodios de La Comuna y a la noticia falsa y que para esta época él ya debía saber que era falsa del incendio del Louvre] me dejó anonadado durante varios días, me deshacía en lagrimas y dudas: empecé a ver el conjunto de nuestra existencia científica, filosófica y artística como un absurdo, porque un solo día basta para borrar las supremas maravillas quizá de periodos enteros del arte: me aferré con firme convicción al valor metafísico del arte, que no puede existir por culpa de la pobre gente, pero debe cumplir misiones más altas. Pero, a pesar de mi extremo pesar, no estaba en condiciones de arrojar la más mínima piedra a esos profanadores, que, para mí, sólo eran agentes de la culpabilidad universal, ¡sobre la que hay tanto que meditar! Estimado señor consejero privado: espero que no se molestara usted si le digo, con absoluta franqueza, que me asombra no haber escuchado de sus labios la más mínima palabra amable sobre el libro que acabo de publicar [El nacimiento de la tragedia], sobre todo porque se trata de una especie de manifiesto, y desde luego, invita a todo menos al silencio. Probablemente el asombrado será usted, respetado maestro, si continúa leyendo: yo creía que de encontrar usted algo prometedor en su vida sería este libro, prometedor para el conocimiento que tenemos de la Antigüedad, prometedor para el espíritu alemán, aun cuando cierto individuos tuvieran que perecer por ello. En efecto, por mi parte al menos, yo no dejaría de extraer de mis puntos de vista todas las consecuencias prácticas que ellas comprenden, y usted se hará una idea de ello si yo doy aquí conferencias públicas Sobre el porvenir de nuestros establecimientos educativos. Me siento –puede usted creerlo– desprovisto de ambiciones y prudencias personales; y no buscando nada para mí, es para los demás que espero hacer algo. –Lo que más me importa es adueñarme de la joven generación de filólogos, y pensé que sería un pobre signo el que no pudiera conseguirlo. Su silencio, pues, me intranquiliza un poco. No es que haya dudado ni un solo instante de su simpatía por mí, de la cual fui de una vez por todas persuadido, pero precisamente por esa simpatía podría interpretar esto ahora como una especie de recelo personal para conmigo. Es para disiparlo que le escribo
Estar más limpio que una patena.
Ya se produzca como mercancía o sin carácter de tal, un producto es siempre cristalización material de riqueza, un valor de uso destinado a servir para el consumo individual o el consumo productivo. Como mercancía, su valor existe de un modo ideal en el precio, el cual no altera para nada su forma real de uso. El hecho de que ciertas mercancías, como el oro y la plata, actúen como dinero y, como tales, se muevan exclusivamente en el proceso de la circulación (pues también en función de tesoro, de reserva, etc., permanecen, aunque sea de un modo latente, dentro de la órbita de la circulación), constituye pura y simplemente un resultado de la forma social concreta del proceso de producción, que es un proceso de producción de mercancías. Como, dentro de la producción capitalista, la mercancía se convierte en la forma de producto y la gran masa de éste se produce como mercancía y, por tanto, tiene que revestir necesariamente la forma dinero; como, por consiguiente, la masa de mercancías, la parte de la riqueza social que funciona como mercancías, crece de un modo incesante, tiene que crecer también el volumen del oro y la plata que funcionan como medio de circulación, como medio de pago, como reserva, etc. Estas mercancías que actúan como dinero no entran en el consumo individual ni en el consumo productivo. Son trabajo social plasmado bajo una forma que les permite servir de simple máquina de circulación. Pero, además de condenar a una parte de la riqueza social a esta forma improductiva, el desgaste del dinero reclama la constante reposición de éste o la transformación de más trabajo social –bajo la forma de producto– en más oro y plata. Estos gastos de reposición, en las naciones de capitalismo desarrollado, son considerables, ya que la parte de la riqueza condenada a revestir la forma de dinero es muy voluminosa. El oro y la plata, como mercancías–dinero, constituyen para la sociedad gastos de circulación, que brotan exclusivamente de la forma social de la producción. Representan faux frais de la producción de mercancías en general, que crecen a medida que se desarrolla la producción de mercancías y, en particular, la producción capitalista. Es una parte de la riqueza social que necesita sacrificarse al proceso de circulación .4 Señoritas de compañía en Madrid Supongamos que el capital circulante de 500 libras esterlinas desembolsado en forma de capital–dinero, cualquiera que sea su período de rotación, represente el capital global circulante de la sociedad, es decir, de la clase capitalista, y que la plusvalía ascienda a 100 libras. ¿Cómo se las arregla la clase capitalista, en su conjunto, para sacar constantemente de la circulación 600 libras esterlinas, si sólo lanza a ella, constantemente, 500? Escorts Marbella Puesto que partimos del supuesto de que las mercancías se compran y se venden por su valor, estas operaciones no hacen más que transferir el mismo valor de una forma a otra, de la forma mercancía a la forma dinero y viceversa; es decir, sólo operan un simple cambio de forma. Cuando las mercancías se venden por lo que valen, la magnitud de valor permanece invariable, tanto en manos del comprador como en las del vendedor; lo único que cambia es la forma bajo la cual existe. Cuando, por el contrario, las mercancías no se venden por su valor, permanece invariable la suma de los valores transferidos, pues se compensa la diferencia de más en uno de los lados con la diferencia de menos en el otro. http://www.girlsbcn.com.es Por aquel entonces, Marx parecía haberse dado ya cuenta de que no alcanzaría a elaborar de un modo capaz de satisfacerle plenamente los libros II y III, si no se operaba un cambio completo en su estado de salud. En efecto, los manuscritos V a VII presentan con harta frecuencia las huellas de una lucha violenta contra las enfermedades que le atenazaban. El fragmento más difícil de la sección primera aparece redactado de nuevo en el manuscrito V; el resto de la sección primera y toda la sección segunda (con excepción del capitulo XVII) no presentaban grandes dificultades teóricas: en cambio, el autor consideraba la sección tercera, la reproducción y circulación del capital social, apremiantemente necesitada de una nueva elaboración. En efecto, en el manuscrito II se estudiaba la reproducción, primero sin tener en cuenta la circulación en dinero que le sirve de vehículo y luego tomando ésta en consideración. Era necesario eliminar esto y, en general, reelaborar toda la sección de modo que se ajustase al horizonte visual ampliado del autor. De este modo, surgió el manuscrito VIII, un cuaderno de 70 páginas en cuarto solamente; pero basta confrontar la sección III, en el texto impreso, después de dejar a un lado los fragmentos interpolados del manuscrito II, para darse cuenta de todo lo que Marx fue capaz de condensar en tan poco espacio. Escorts independientes de Barcelona Otra observación podemos registrar aquí, y es que en las dos metamorfosis que integran la circulación, D–M y M'–D', se enfrentan y se sustituyen mutuamente valores de la misma magnitud y que existen simultáneamente La alteración de valor es exclusiva de la metamorfosis P, del proceso de producción, que aparece, por tanto, como la metamorfosis real del capital, a diferencia de las metamorfosis de la circulación, que son metamorfosis puramente formales. girlsmadrid.com Las mutaciones de forma del capital para convertirse de mercancía en dinero y de dinero en mercancía constituyen, al mismo tiempo, operaciones comerciales del capitalista, actos de compra y venta. El tiempo en que se operan estas mutaciones de forma del capital es, subjetivamente, desde el punto de vista del capitalista, tiempo de venta y de compra, el tiempo durante el cual el capitalista actúa en el mercado como vendedor y comprador. Y, así como el período durante el cual el capital circula constituye una fase necesaria de su proceso de reproducción, el tiempo durante el cual el capitalista compra y vende, se mueve en el mercado, representa una fase necesaria de su proceso de actuación como capitalista, es decir, como capital personificado. Forma parte de su período de negocios. Masajes valencia La fórmula M'... M' es la que sirve de base al Tableau économique de Quesnay, y el hecho de haber elegido esta fórmula y no la de P... P, por oposición a la fórmula D... D' (fórmula aislada sobre la que se construye el sistema mercantilista) indica el grande y certero tacto con que aquellos economistas procedían. Acompañante Madrid Es imposible, naturalmente, conseguir antes de los cinco años un animal de esta edad. Lo que sí es posible, dentro de ciertos limites, es acortar, mediante un tratamiento adecuado, el plazo durante el cual un animal puede ponerse en condiciones de servir al fin para que se le destina. Tal es, concretamente, el resultado de las experiencias de Bakewell. Antes, las ovejas inglesas, como ocurría con las francesas todavía en 1855, no estaban en condiciones de ser enviadas al matadero antes de los cuatro o los cinco años. Según el sistema de Bakewell las ovejas pueden matarse ya al año y, desde luego, alcanzan su pleno desarrollo antes de que transcurran los dos años. Bakewell, arrendatario de Dishley Grange, logro reducir mediante una cuidadosa selección racial, el esqueleto de las ovejas al mínimo estrictamente indispensable para su vida. Sus ovejas se conocen con el nombre de New Leicesters. “Hoy el ganadero puede lanzar al mercado tres ovejas en el tiempo que antes necesitaba para criar una sola, y además ejemplares en que se desarrollan con mayor gordura las partes que dan más carne. Casi todo lo que pesan es carne” (Lavergne, The Rural Economy of England, etc., 1855, p. 22). Escorts Asturias En segundo lugar, el producto semanal engloba no sólo la totalidad del valor nuevo añadido en su producción por el trabajo semanal, sino también el valor de las materias primas y auxiliares que el producto semanal consume. Con el producto, circula este valor, contenido en él. La venta de este producto le hace recobrar la forma dinero y obliga a invertirlo de nuevo en los mismos elementos de producción. Esto se refiere tanto a la fuerza de trabajo como a las materias primas y auxiliares. Pero, ya hemos visto (cap. VI, 2, a. [pp. 129–135]), que la continuidad de la producción requiere la existencia de un stock de medios de producción que difiere según las distintas ramas industriales y que, dentro de cada una de ellas difiere a su vez con respecto a las distintas partes integrantes de este elemento del capital circulante, por ejemplo con respecto al carbón y al algodón. Por tanto, aunque estas materias necesiten reponerse constantemente en especie, no es necesario comprarlas constantemente de nuevo. La frecuencia con que se renueve la compra dependerá de la magnitud del stock existente y del tiempo más o menos largo que dure hasta que se agote. Respecto a la fuerza de trabajo no se necesita formar stocks. En cuanto a la parte del capital invertida de trabajo, la reversión a dinero se desarrolla paralelamente con la parte invertida en materias auxiliares y materias primas. Pero la reversión del dinero a fuerza de trabajo, de una parte, y de otra a materias primas, discurren por cauces distintos por razón de los distintos plazos de compra y de pago de estas dos clases de elementos, una de las cuales se compra como stock productivo a largo plazo y la otra, la fuerza de trabajo, a plazo corto, v. gr., por semanas. Por otra parte, el capitalista necesita tener, además del stock de producción, un stock de mercancías terminadas. Prescindiendo de las dificultades de la venta, etc., tiene que producir, por ejemplo, una determinada masa de mercancías por encargo. Y mientras se produce la última parte de éstas, la parte ya terminada tiene que aguardar en el almacén hasta el momento en que pueda ejecutarse el encargo en su totalidad. Otras diferencias en cuanto a la rotación del capital circulante se dan cuando algunos elementos de éste se ven obligados a permanecer más tiempo que otros en una fase previa del proceso de producción (secado de maderas, etc.). alto standing escorts barcelona El tipo de contabilidad que se lleve no altera en nada, naturalmente, la realidad de las cosas asentadas en los libros. Conviene, sin embargo, advertir que, en muchas ramas industriales, es costumbre englobar los gastos de reparaciones con el desgaste efectivo del capital fijo, del siguiente modo. Supongamos que el capital fijo desembolsado ascienda a 10,000 libras esterlinas y que su período de vida sea de 15 años; según esto, el desgaste anual será de 6662/3 libras esterlinas. Ahora bien, el desgaste sólo se calcula por diez años; es decir, se añaden todos los años 1,000 libras esterlinas al precio de las mercancías producidas en concepto de desgaste del capital fijo, en vez de añadirse 6662/3 libras solamente, lo que equivale a decir que se reservan 3331/3 libras esterlinas para los trabajos de reparación, etc. (Las cifras de 10 y de 15 se dan solamente a título de ejemplo.) Esta cantidad es la que se desembolsa, pues, por término medio para que el capital fijo dure 15 años. Este cálculo no impide, naturalmente, que el capital fijo y el capital adicional invertido en reparaciones formen categorías distintas. A base de este cálculo se admite, por ejemplo, que el tipo más bajo de costo para la conservación y reposición de buques de vapor es el 15 por 100 anual, siendo por tanto el período de reproducción, en este caso, de 62/3 años. En la década del sesenta, el gobierno inglés bonificó a la Peninsular and Oriental Co., por este concepto, el 16 por 100 anual, lo que representa por tanto un período de reproducción de 61/4 años. En los ferrocarriles, el plazo medio de vida de una locomotora son 10 años, pero el desgaste, incluyendo las reparaciones se calcula en un l21/2 por 100, lo que reduce a 8 años el plazo de vida. Tratándose de vagones de mercancías y coches de pasajeros, se calcula el 9 por 100, lo que representa un período de vida de 111/9, anos. puta de alto standing en barcelona El haber yo reducido la fuerza vital a la voluntad no se opone, por lo demás, a la antigua división de sus funciones en reproductividad, irritabilidad y sensibilidad. Sigue siendo profunda esta distinción y dando ocasión a interesantes consideraciones. azafata barcelona Debilítase ya, por lo demás, la prueba físico-teológica con la observación empírica de que las obras del instinto animal, la tela de la araña, el panal de las abejas, la vivienda de los térmites, etc., se nos presentan cual si fuesen hijas de un concepto final, de una amplia previsión y deliberación racional, cuando en realidad son obra de un ciego instinto, esto es, de una voluntad no guiada por inteligencia, de donde se sigue que no es seguro lo que de semejante disposición se deduce, basándolo en tal modo de ser las cosas. En el cap. 27 del segundo tomo de mi obra capital, se hallará una prolija consideración acerca del instinto. Ese capítulo, con el que le precede acerca de la teleología, pueden utilizarse cual complemento de todo lo tratado aquí. señorita compañía barcelona
O jugamos todos o rompemos la baraja.
Así como la jornada de trabajo es la unidad natural de medida para la función de la fuerza del trabajo, el año es la unidad natural de medida para las rotaciones del capital puesto en acción. La base natural de esta unidad de medida estriba en el hecho de que los frutos más importantes de la tierra en la zona templada, que fue la cuna de la producción capitalista, son productos anuales. Clubs de alterne en Madrid Además, por lo que se refiere a los salarios –la forma–dinero en que se desembolsa el capital variable–, éstos son repuestos aquí igualmente, no por la venta del producto, por su transformación en dinero, sino por un producto cuya forma natural es desde el primer momento la forma–dinero. acompañante barcelona 3) La distinción entre el capital variable y el capital constante, que ya Barton, Ricardo y otros autores confunden con la distinción entre el capital circulante y el capital fijo, acaba reduciéndose por entero a ésta, como lo hace por ejemplo Ramsay, para quien todos los medios de producción, materias primas, etc., así como los medios de trabajo, son capital fijo y sólo el capital invertido en salarios capital circulante. Pero como la reducción se realiza bajo esta forma, no se comprende la distinción real entre el capital constante y el variable. escortmadrid.com.es Todavía en los últimos decenios del siglo XVII, la yeomanry, clase de campesinos independientes, era más numerosa que la clase de los colonos. La yeomanry había sido el puntal más firme de Cromwell y el propio Macaulay confiesa que estos labradores ofrecían un contraste muy ventajoso con aquellos hidalgüelos borrachos y sus lacayos, los curas rurales, cuya misión consistía en meterle al señor en casa la “rnoza predilecta”. Todavía no se había despojado a los jornaleros del campo de su derecho de copropiedad sobre los bienes comunales. Alrededor de 1750, desapareció la yeomanry 13 y en los últimos decenios del siglo XVIII se borraron hasta los últimos vestigios de propiedad comunal de los braceros. Aquí, prescindimos de los factores puramente económicos que intervinieron en la revolución de la agricultura y nos limitamos a indagar los factores de violencia que la impulsaron. bcngirls Sin embargo, para que el poseedor de dinero pueda encontrar en el mercado, como una mercancía, la fuerza de trabajo, tienen que concurrir diversas condiciones. El cambio de mercancías no implica de suyo más relaciones de dependencia que las que se desprenden de su propio carácter. Arrancando de esta premisa, la fuerza de trabajo sólo puede aparecer en el mercado, como una mercancía, siempre y cuando que sea ofrecida y vendida como una mercancía por su propio poseedor, es decir, por la persona a quien pertenece. Para que éste, su poseedor, pueda venderla como una mercancía, es necesario que disponga de ella, es decir, que sea libre propietario de su capacidad de trabajo, de su persona.40 El poseedor de la fuerza de trabajo y el poseedor del dinero se enfrentan en el mercado y contratan de igual a igual como poseedores de mercancías, sin más distinción ni diferencia que la de que uno es comprador y el otro vendedor: ambos son, por tanto, personas jurídicamente iguales. Para que esta relación se mantenga a lo largo del tiempo es, pues, necesario que el dueño de la fuerza de trabajo sólo la venda por cierto tiempo, pues si la vende en bloque y para siempre, lo que hace es venderse a sí mismo, convertirse de libre en esclavo, de poseedor de una mercancía en mercancía. Es necesario que el dueño de la fuerza de trabajo, considerado como persona, se comporte constantemente respecto a su fuerza de trabajo como respecto a algo que le pertenece y que es, por tanto, su mercancía, y el único camino para conseguirlo es que sólo la ponga a disposición del comprador y sólo la ceda a éste para su consumo pasajeramente, por un determinado tiempo, sin renunciar por tanto, a su propiedad, aunque ceda a otro su disfrute.41 http://www.girlsbcn.org Por consiguiente, si queremos analizar, con arreglo a sus propias leyes económicas, la producción de mercancías o cualquier fenómeno que forme parte de ella, deberemos examinar cada acto de cambio de por sí, al margen de toda conexión con el que le precede y con el que le sigue. Y puesto que tanto las compras como las ventas se celebran siempre entre ciertos individuos, no cabe buscar en ellas relaciones entre clases sociales enteras. Por larga que sea la serie de reproducciones periódicas y de acumulaciones precedentes que haya recorrido el capital que hoy se halla funcionando, éste conserva siempre su primitiva virginidad. Mientras en cada acto de cambio –considerado de por sí– se guarden las leyes del cambio de mercancías, el régimen de apropiación puede experimentar una transformación radical sin tocar para nada los títulos de propiedad inherentes a la producción de mercancías. Estos títulos se mantienen en vigor como en un principio, cuando el producto pertenecía al productor y cuando éste, cambiando equivalente por equivalente, sólo podía enriquecerse con su propio trabajo; el mismo derecho rige en el período capitalista, donde la riqueza social se convierte, en proporciones cada vez mayores, en propiedad de quienes disponen de medios para apropiarse constantemente el trabajo no retribuido de otros. azafatas madrid Las severas leyes contra las coaliciones hubieron de derogarse en 1835, ante la actitud amenazadora del proletariado. No obstante, sólo fueron derogadas parcialmente. Hasta 1859 no desaparecieron algunos hermosos vestigios de los antiguos estatutos que todavía se mantenían en pie. Finalmente, la ley votada por el parlamento el 29 de junio de 1871 prometió borrar las últimas huellas de esta legislación de clase, mediante el reconocimiento legal de las tradeuniones. Pero una ley parlamentaria de la misma fecha ("An act to amend the criminal law relating to violence, threats and molestation") restablece, en realidad, el antiguo estado de derecho bajo una forma nueva. Mediante este escamoteo parlamentario, los recursos de que pueden valerse los obreros en caso de huelga o lockout (huelga de los fabricantes coaligados, unida al cierre de sus fábricas), se sustraen al derecho común y se someten a una legislación penal de excepción, que los propios fabricantes son los encargados de interpretar, en su función de jueces de paz. Dos años, antes, la misma Cámara de los Comunes y el mismo Mr. Gladstone, con su proverbial honradez, habían presentado un proyecto de ley aboliendo todas las leyes penales de excepción contra la clase obrera. Pero no se le dejó pasar de la segunda lectura, y se fue dando largas al asunto, hasta que, por fin, el "gran partido liberal", fortalecido por una alianza con los tories, tuvo la valentía necesaria para votar contra el mismo proletariado que le había encaramado en el Poder. No contento con esto, el "gran partido liberal" permitió que los jueces ingleses, que tanto se desviven en el servicio de las clases gobernantes, desenterrasen las leyes ya prescritas sobre las "conspiraciones" y las aplicasen a las coaliciones obreras. Como se ve, el parlamento inglés renunció a las leyes contra las huelgas y las tradeuniones de mala gana y presionado por las masas, después de haber desempeñado él durante cinco siglos, con el egoísmo más desvergonzado, el papel de una tradeunión permanente de los capitalistas contra obreros.
La clase de los obreros asalariados, que surgió en la segunda mitad del siglo XIV, sólo representaba por aquel entonces y durante el siglo siguiente una parte muy pequeña de la población, que tenía bien cubierta la espalda por el régimen de los campesinos independientes, de una parte, y de otra, por la organización gremial de las ciudades. Tanto en la ciudad como en el campo, había una cierta afinidad social entre patronos y obreros. La supeditación del trabajo al capital era puramente formal; es decir, el régimen de producción no presentaba aún un carácter específicamente capitalista. El capital variable predominaba considerablemente sobre el capital constante. Por eso la demanda de trabajo asalariado crecía rápidamente con cada acumulación de capital, seguida lentamente por la oferta. Por aquel entonces, todavía se invertía en el fondo de consumo del obrero una gran parte del producto nacional, que más tarde habría de convertirse en fondo de acumulación del capital. putas marbella 148 El desarrollo económico de los Estados Unidos es, a su vez, un producto de la gran industria europea, y más especialmente de la inglesa. En su forma actual (1866), los Estados Unidos pueden ser considerados todavía como un país colonial de Europa. (Adición a la 4ª ed. Desde entonces, Norteamérica se ha desarrollado hasta convertirse en el segundo país industrial del mundo, aunque sin perder del todo su carácter colonial.– F. E.) Acompañantes de lujo Hay algo, sin embargo, que distingue desde luego ambos ciclos, M. – D – M y D – M – D, y es el orden inverso en que se desarrollan las mismas fases contrapuestas del proceso de circulación. La circulación simple de mercancías comienza con la venta y acaba con la compra: la circulación del dinero en función de capital comienza con la compra y acaba con la venta. Allí, el punto de arranque y la meta final del movimiento es la mercancía; aquí, el dinero. En la primera forma es el dinero, en la segunda, la mercancía, lo que sirve de agente mediador del proceso total. bcnbox En estas condiciones, se pactó una nueva transacción entre patronos y obreros, transacción parlamentariamente sancionada por la nueva ley fabril adicional de 5 de agosto de 1850. Esta ley aumenta la jornada de trabajo de "los jóvenes y las mujeres" de 10 horas a 10 horas y media durante los cinco primeros días de la semana, reduciéndola a 7 horas y media los sábados. El trabajo debe ejecutarse en el período comprendido entre las 6 de la mañana y las 6 de la tarde,137 con descansos de hora y media para las comida, descansos que han de concederse simultáneamente y conforme a los preceptos de la ley de 1844, etc. Con esto, se ponía coto de una vez para siempre al sistema de los relevos.138 Respecto al trabajo infantil, seguía en vigor la ley de 1844. offset El poseedor de mercancías sólo se aviene a desprenderse de las suyas a cambio de otras cuyo valor de uso satisfaga sus necesidades. En este sentido, el cambio no es, para él, más que un proceso individual. Mas, por otra parte, aspira a realizar su mercancía como valor, es decir, en cualquier otra mercancía de valor idéntico que apetezca, siéndole indiferente que la suya propia tenga o no un valor de uso para el poseedor de ésta. En este aspecto, el cambio es, para él, un proceso social general. Lo que no cabe es que el mismo proceso sea para todos los poseedores de mercancías un proceso simplemente individual y a la par únicamente general, social. acompañantes en madrid de otra mercancía como su forma propia de valor. guia ocio valencia Aquella discordia erudita sobre cómo había de repartirse entre el capitalista industrial y el terrateniente ocioso, etc., del modo más ventajoso para la acumulación, el botín arrancado al obrero, enmudeció ante la revolución de julio. Poco después, el proletariado urbano echó en Lyon las campanas a rebato, y el proletariado rural prendió la llama de la rebelión en Inglaterra. Del lado de acá del Canal florecía el owenismo, del lado de allá el saint-simonismo y el fourierismo. La hora final de la economía vulgar había sonado. Un año justo antes de que Nassau W. Senior descubriese en Manchester que las ganancias (incluyendo los intereses) del capital eran el fruto de la “última hora –no retribuida– de la jornada de trabajo de doce” el mismo autor anunciaba al mundo otro descubrimiento. “Yo –decía solemnemente este economista– sustituyo la palabra capital, considerado como instrumento de producción, por la palabra abstinencia (abstención).”25 ¡Dechado insuperable de los “descubrimientos” de que es capaz la economía vulgar! A lo más que llega es a sustituir una categoría económica por una frase de sicofantes. Voilá tout! “Cuando el salvaje –nos adoctrina Senior– fabrica arcos, ejercita una industria, pero no practica la abstinencia.” Esto nos explica cómo y por qué, en las sociedades antiguas, se fabricaban medios de trabajo “sin la abstinencia” del capitalista. “Cuanto más progresa la sociedad, más abstinencia requiere”; 26 abstinencia, por parte de aquellos que se dedican a la industria de apropiarse la industria de otros y su producto. Todas las condiciones del proceso de trabajo, se convierten, a partir de ahora en otras tantas prácticas de abstinencia del capitalista. Si el trigo no sólo se come, sino que, además, se siembra, ¡ello se debe a la abstinencia del capitalista! 27 El capitalista roba a su propio progenitor cuando “presta (!) al obrero los instrumentos de producción”, o, lo que es lo mismo, cuando los explota como capital mediante la asimilación de la fuerza de trabajo, en vez de comer máquinas de vapor, algodón, ferrocarriles, abonos, caballos de tiro, etc., o, según la idea infantil que el economista vulgar se forma, en vez de gastarse alegremente “su valor” en lujo y en otros medios de consumo.28 Cómo se las va a arreglar la clase capitalista para conseguir esto, es un secreto que hasta ahora ha guardado tenazmente la economía vulgar. Bástenos saber que el mundo sólo vive gracias a las mortificaciones que se impone a sí mismo este moderno penitente de Visnú que es el capitalista. No es sólo la acumulación; la simple “conservación de un capital supone un esfuerzo constante para resistir la tentación de devorarlo”29 El más elemental sentimiento de humanidad ordena, pues, indudablemente, redimir al capitalista de este martirio y de esta tentación, del mismo modo que la reciente abolición de la esclavitud ha venido a redimir al esclavista georgiano de la trágica disyuntiva de si había de gastarse en champán toda la ganancia arrancada a latigazos a los esclavos negros o invertir una parte en comprar más negros y más tierra. PisoBCN 216 Senior, Reports of Proceeding: etc., p. [65] 66. Hasta qué punto la gran industria, al alcanzar cierto nivel, revolucionando el régimen material de producción y las condiciones sociales de ésta, revoluciona también las cabezas, lo demuestra palpablemente una comparación entre el discurso pronunciado por N.W. Senior en 1863 y su filípica contra la ley fabril de esa misma fecha, y) sí se ve también comparando las opiniones del citado Congreso con el hecho de que en ciertas comarcas rurales de Inglaterra les está vedado todavía a los padres pobres, so pena de morir de hambre, educar a sus hijos. Así por ejemplo, Mr. Snell refiere como una práctica corriente en Somersetshire que cuando una persona pobre solicita el socorro parroquial se le obliga a sacar a sus hijos de la escuela. Y Mr. Wollason, párroco de Feltham. refiere casos en que se negó a ciertas familias todo socorro “¡por mandar a sus chicos a la escuela!”
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